Te gusta. Y lo sabes hace rato. Ese pequeño saltito del corazón que se te filtra en tu voz te delata y te transforma la cara en un bolero. Y salís a caminar. Caminas para despejarte, para distraerte con el mundo y mezclarte con las calles adornadas de gente común. Pero al rato empezás a sentir una música sin músicos. Una música que viene de adentro o de afuera o de abajo o de arriba. Y sentís esos acordes mariposos que crecen en tu panza y esas letras que laten como un volcán en tu cabeza. Y tarareas los sonidos de tu cuerpo y salpicas con pasos de baile las baldosas. Paras en un kiosco a comprarte unos caramelos y pañuelos descartables, por las dudas o por las lágrimas. Y le sonreís al kioskero y le dejas que se quede con el vuelto. El cielo esta de esmoquin gris pero vos lo ves de traje azul. Y la garúa no te moja ni te jode. Y te vas chocando por la calle con amores imposibles que te llevan por delante. Y te acordas de su boca. Y te morís de ganas de besar esos labios mil veces besados pero que aún esperan (o no) los tuyos.
De tanto caminar soñando perdes el rumbo. Te das cuenta que estas en el medio de una calle con autos que pasan a mil. Te entra el miedo. Ese miedo prehistórico, miedo de ser humano de las cavernas temblando por el afuera, miedo que te adoquina los pies y te llena de plomo las entrañas. Y no te alcanzan los pulmones para suspirar. Para sacarte ese aire intoxicado de prejuicios mezclados con deseos. Y te sentís en un precipicio. Un precipicio decorado con las flores más hermosas del mundo. Y las dudas inclinan tu cabeza al precipicio y tu corazón estira sus arterias a las flores. Y elegís entregarte a las flores y cruzar la calle y caer al precipicio y morir en esa muerte dulcemente viva.
Ya al otro lado de la calle te sentís inmortal. Besar las flores te hizo sentir la pureza del presente. Dejaste atrás tu miedo envuelto en un pañuelo descartable. Y sacas del bolsillo un caramelo y te secas los ojos llenos de garúa con las manos. La liviandad del perfume de tu alma te hipnotiza como un incienso. Y te vienen a la cabeza la primavera en Mar del Plata, los besos detrás del armario, la cartuchera de tercer grado con nombres escritos en clave, los corazones dibujados en los baños del colegio, los globos de chicles baratos que hacías con tu boca, los bichitos de luz que te iluminaban las angustias, las vaquitas de san antonio sobre tus hombros y tus sueños. Siempre tus sueños.
EN.
De tanto caminar soñando perdes el rumbo. Te das cuenta que estas en el medio de una calle con autos que pasan a mil. Te entra el miedo. Ese miedo prehistórico, miedo de ser humano de las cavernas temblando por el afuera, miedo que te adoquina los pies y te llena de plomo las entrañas. Y no te alcanzan los pulmones para suspirar. Para sacarte ese aire intoxicado de prejuicios mezclados con deseos. Y te sentís en un precipicio. Un precipicio decorado con las flores más hermosas del mundo. Y las dudas inclinan tu cabeza al precipicio y tu corazón estira sus arterias a las flores. Y elegís entregarte a las flores y cruzar la calle y caer al precipicio y morir en esa muerte dulcemente viva.
Ya al otro lado de la calle te sentís inmortal. Besar las flores te hizo sentir la pureza del presente. Dejaste atrás tu miedo envuelto en un pañuelo descartable. Y sacas del bolsillo un caramelo y te secas los ojos llenos de garúa con las manos. La liviandad del perfume de tu alma te hipnotiza como un incienso. Y te vienen a la cabeza la primavera en Mar del Plata, los besos detrás del armario, la cartuchera de tercer grado con nombres escritos en clave, los corazones dibujados en los baños del colegio, los globos de chicles baratos que hacías con tu boca, los bichitos de luz que te iluminaban las angustias, las vaquitas de san antonio sobre tus hombros y tus sueños. Siempre tus sueños.
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